Aves sobre una línea de transmisión al atardecer. © Underworld / Shutterstock

Línea de Transmisión Chongón-Posorja: avanzando hacia una infraestructura energética amigable con las aves

América Latina y el Caribe necesitará redes eléctricas más amplias, seguras y confiables para responder a una demanda energética creciente. En Ecuador, la Línea de Transmisión Lago de Chongón–Posorja muestra cómo la planificación temprana, la ciencia aplicada y los criterios amigables con las aves pueden ayudar a expandir esa infraestructura sin aumentar los riesgos para la biodiversidad.

Muy frecuentemente, en ciudades, campos y carreteras vemos aves posarse sobre los cables de luz. Para muchas personas, esa imagen forma parte del paisaje cotidiano: un ave quieta sobre una línea eléctrica o pequeños grupos descansando sobre postes y estructuras. Pero lo que desde el suelo parece una escena común, desde el aire forma parte de una relación mucho más compleja entre infraestructura, territorio y vida silvestre.

Las redes eléctricas conectan ciudades, puertos, industrias, hogares y servicios esenciales. Pero una línea de transmisión no se instala sobre un mapa en blanco: cruza territorios vivos, donde conviven comunidades, ecosistemas y especies que dependen de la conectividad del paisaje. Para millones de aves, estos paisajes incluyen hábitats, zonas de alimentación, áreas de descanso, sitios de anidación y rutas de vuelo esenciales para completar sus ciclos de vida. Por eso, cada nueva línea no solo define una ruta para la energía, también plantea una decisión sobre cómo integrar el desarrollo con los ecosistemas que lo rodean. Cuando no se planifica, diseña o gestiona adecuadamente, esta infraestructura puede alterar esa conectividad y aumentar los riesgos para la fauna, especialmente para las aves.

Esa convivencia será cada vez más importante. En la década de 1950, América Latina y el Caribe tenía alrededor de 160 millones de habitantes y una población mayoritariamente rural. Hoy supera los 660 millones de personas y más del 80% vive en ciudades. En pocas décadas, la región no solo creció: también cambió su forma de producir, moverse, comerciar y consumir energía. Esa transformación ha aumentado la presión sobre los sistemas eléctricos y explica por qué la demanda eléctrica regional seguirá creciendo durante las próximas décadas. Según la Agencia Internacional de Energía (IEA), ésta podría aumentar cerca de un 90% hacia 2050 bajo las políticas actuales, y hasta un 180% si se cumplen los compromisos climáticos anunciados, impulsada por la electrificación del transporte, la industria y otros sectores clave para la transición energética.

Responder a ese aumento no dependerá únicamente de producir más electricidad, sino de contar con redes capaces de llevarla de forma segura, confiable y eficiente hacia donde se necesita. Pero mientras esta infraestructura se vuelve más decisiva para el desarrollo regional, también aumenta la necesidad de diseñarla con una mirada más atenta al territorio. En el caso de las aves, esa mirada es especialmente importante porque las líneas eléctricas pueden convertirse en una barrera o una amenaza dentro de paisajes que muchas especies utilizan para desplazarse, alimentarse, descansar o reproducirse.

Birdlife - Infraestructura verde segura para aves – Ruta migratoria
Garza gris volando con una torre eléctrica de fondo. © Carlos Calvo Torregrosa / Shutterstock

Para las aves, los riesgos más directos asociados a las líneas eléctricas suelen ser la electrocución y la colisión. La primera ocurre principalmente cuando un ave entra en contacto con componentes energizados; la segunda, cuando cables o estructuras se interponen en sus rutas de vuelo. Pero el nivel de riesgo no es igual en todos los casos: depende del diseño de la línea, del paisaje que atraviesa, de las especies presentes y de cómo las aves se mueven en ese territorio.

Incluso factores aparentemente simples pueden aumentar la vulnerabilidad. En días lluviosos, por ejemplo, el plumaje mojado puede incrementar el riesgo de electrocución, porque el agua facilita la conducción eléctrica. Del mismo modo, en zonas donde algunas especies se desplazan durante la noche, la baja visibilidad de la infraestructura puede aumentar el riesgo de colisión, especialmente si las líneas o estructuras no son fácilmente detectables en condiciones de poca luz. Este tipo de detalles recuerda que la prevención no puede basarse en soluciones genéricas: debe responder al contexto local, a las especies presentes y a las condiciones específicas del sitio.

La magnitud del reto aparece con claridad en un reciente reporte sobre líneas eléctricas y vida silvestre de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Aunque América Latina y el Caribe aún no cuentan con una estimación regional consolidada, el informe recoge cifras que ayudan a dimensionar el problema: solo en Estados Unidos, las colisiones con líneas eléctricas podrían causar entre ocho y 57 millones de muertes de aves al año, y la electrocución podría alcanzar hasta 64 millones. Estas cifras no deben extrapolarse directamente a la región, pero sí muestran por qué la prevención desde la planificación y el diseño es clave.

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Esta hembra de aguililla real apenas rozó un cable con el ala y no resultó herida. © Brenda Carson

Chongón-Posorja: una infraestructura estratégica en un corredor vital 

En América Latina, esa prevención empieza a consolidarse en proyectos concretos. Uno de ellos está en la costa suroccidental de Ecuador: la Línea de Transmisión Lago de Chongón–Posorja. La obra forma parte de una inversión aproximada de USD 200 millones impulsada por el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF) y la Corporación Eléctrica del Ecuador (CELEC), empresa pública responsable de la generación y transmisión eléctrica en el país. Su propósito es conectar la generación hidroeléctrica con los complejos camaroneros del litoral ecuatoriano, reduciendo la dependencia de combustibles fósiles y aportando a la seguridad energética del país. Como ocurre con otros proyectos renovables, incluidos los eólicos y fotovoltaicos, el desafío no termina en generar energía más limpia: también implica construir redes capaces de transmitirla reduciendo, desde el diseño, sus impactos sobre el entorno y los ecosistemas.

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Trazado de la Línea de Transmisión Chongón–Posorja. Elaboración propia sobre mapa base de © Mapbox © OpenStreetMap.

Es aquí donde la ciencia, la conservación y el financiamiento convergen en una propuesta concreta: la Americas Flyways Initiative (AFI, por sus siglas en inglés). Impulsada por Audubon, BirdLife International y CAF, la iniciativa trabaja en la intersección entre conservación, ciencia aplicada y financiamiento para proteger los corredores migratorios del continente. En Chongón–Posorja ese enfoque se traduce en una acción concreta: incorporar criterios amigables y seguros con las aves en sus 69 kilómetros de extensión.

En esa zona, el análisis técnico desarrollado por AFI para el proyecto identificó una riqueza notable de aves: 382 especies registradas, de las cuales 56 son migratorias y 30 corresponden a especies focales de AFI, principalmente aves playeras migratorias de larga distancia. También se identificaron 63 especies con riesgo medio y alto de colisión, entre ellas el guacamayo verde mayor (Ara ambiguus) y el perico cachetigrís (Brotogeris pyrrhopterus).

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Dos guacamayos verdes mayores (Ara ambiguus) en vuelo. © GTW / Shutterstock

El aporte de AFI va más allá de una recomendación puntual. Con el apoyo de Aves y Conservación, socio de BirdLife en Ecuador, la iniciativa combinó revisión técnica, análisis geoespacial e información sobre biodiversidad para identificar riesgos potenciales para las aves y orientar medidas desde el diseño del proyecto. Ese trabajo permitió formular recomendaciones alineadas con la jerarquía de mitigación y la Salvaguarda de Biodiversidad de CAF, desde la instalación de desviadores de vuelo, o bird diverters, hasta el monitoreo sistemático de colisiones y ajustes adaptativos basados en evidencia científica.

La sensibilidad del área explica por qué este enfoque es especialmente relevante. De acuerdo con el análisis realizado, el trazado pasa aproximadamente a un kilómetro del Área Nacional de Recreación Parque Lago y de dos Áreas Clave para la Biodiversidad (KBAs) estratégicas: Cordillera Chongón-Colonche y Cerro Blanco, y Manglares, Estuarios, Humedales y Bosques del Golfo de Guayaquil. En conjunto, estos paisajes forman un corredor ecológico de alta relevancia para las aves migratorias.

Esta experiencia también recoge elementos de la Guía de Infraestructura Bird-Friendly desarrollada por AFI. En ese sentido, Chongón–Posorja funciona como una prueba concreta de implementación: una forma de pasar de la teoría a la práctica, aplicando ciencia para promover la conservación dentro de un proyecto energético de escala nacional.

“Las líneas de transmisión son esenciales para llevar electricidad a hogares y negocios, pero también pueden suponer un desafío importante para las aves migratorias”.

Tris Alinson
Científico Senior en Conservación, BirdLife International

Desde AFI promovemos la aplicación de la jerarquía de mitigación, que es un principio sencillo: antes de pensar en cómo compensar los impactos de un proyecto, debemos preguntarnos cómo evitarlos o reducirlos desde el diseño.

En los proyectos energéticos esto significa analizar desde el inicio si existen ubicaciones o trazados alternativos que disminuyan los riesgos para las aves y la biodiversidad. Para ello, herramientas como AVISTEP, desarrollada por BirdLife International, ayudan a identificar las zonas más sensibles para las aves y a orientar una expansión de las redes eléctricas más compatible con la naturaleza.

En otras palabras, incorporar la biodiversidad desde la etapa de planificación permite desarrollar infraestructura más sostenible, reduciendo riesgos ambientales, costos futuros y posibles conflictos.

Del monitoreo a la escala

Diseñar una línea con criterios amigables con las aves es solo el primer paso. Para saber si las medidas funcionan, es necesario observar lo que ocurre en el territorio una vez que la infraestructura empieza a construirse y operar. El monitoreo permite identificar puntos críticos, entender cómo las aves usan el espacio, evaluar si las medidas son efectivas y ajustar decisiones con base en evidencia.

En una región donde los datos sobre interacciones entre líneas eléctricas y avifauna siguen siendo escasos, cada proyecto bien documentado puede aportar conocimiento útil para mejorar la planificación de futuras infraestructuras. Allí está buena parte del valor del proyecto Chongón–Posorja: no solo en reducir riesgos en una línea específica, sino en generar aprendizajes, herramientas y evidencia para que los criterios amigables con las aves puedan incorporarse progresivamente en futuras inversiones de infraestructura energética.

De hecho, la experiencia ya está generando interés para replicar este enfoque en nuevas líneas de transmisión en Ecuador, mostrando cómo la integración de ciencia y biodiversidad puede pasar de un piloto a un modelo escalable de desarrollo sostenible.

“Las rutas de vuelo pueden variar por temporada, las especies usan el paisaje de distintas formas y los riesgos pueden concentrarse en tramos específicos. Por eso, el monitoreo es indispensable”.

Ana Agreda
Coordinadora Programa Sitios Prioritarios para Aves
Acuáticas Migratorias de Aves Y Conservación

Esta visión responde a un desafío central de nuestro tiempo: desarrollar la infraestructura que América Latina y el Caribe necesitan para crecer, sin sacrificar los ecosistemas de los que depende su futuro. Con un compromiso de USD 40.000 millones para los próximos cinco años orientado a crecimiento sostenible y acción climática, incluyendo transición energética justa y conservación de ecosistemas estratégicos, CAF impulsa una agenda en la que la infraestructura no solo conecta territorios, sino que también puede ayudar a protegerlos.

“En CAF entendemos que la acción climática, la conservación de la biodiversidad, la transición energética y la infraestructura resiliente son piezas de un mismo rompecabezas. La Línea de Transmisión Chongón–Posorja es un ejemplo concreto de cómo la infraestructura eléctrica puede diseñarse para reducir emisiones y fortalecer la transición energética, al tiempo que se protegen los corredores migratorios de las aves y los ecosistemas estratégicos de la región”.

Alicia Montalvo
Gerenta de Acción Climático y Biodiversidad Positiva de CAF

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Aves volando alrededor de una torre de transmisión de energía © Tibor.photo.Holczer / Shutterstock

América Latina necesitará más y mejor infraestructura energética. La pregunta no es si las redes deben expandirse, sino cómo deben hacerlo. Cada nueva línea de transmisión puede fortalecer la seguridad del suministro, conectar territorios y acompañar el desarrollo económico. Pero también puede hacerlo de una manera más compatible con la biodiversidad, incorporando desde el diseño medidas que reduzcan riesgos para las aves y otros componentes de los ecosistemas.

Ese enfoque tiene, además, beneficios que van más allá de la conservación. La UICN recoge estimaciones según las cuales, en algunas partes del mundo, entre el 10% y el 23,5% de los cortes de energía en los sistemas eléctricos pueden estar asociados a incidentes con aves. Reducir esas interacciones, por tanto, no solo contribuye a proteger la biodiversidad: también puede fortalecer la confiabilidad del servicio y la gestión de riesgos operativos.

La infraestructura energética amigable con las aves propone una forma más inteligente de responder a ese desafío. No busca detener el desarrollo, sino mejorar sus decisiones; planificar mejor, evitar zonas sensibles, diseñar con criterios de biodiversidad, monitorear impactos y ajustar las medidas con base en evidencia.

En la Línea de Transmisión Lago de Chongón–Posorja, AFI está ayudando a mostrar que ese enfoque puede pasar de la recomendación a la práctica. Y que el futuro energético de las Américas puede construirse de una forma sostenible y que conecte ciudades, puertos, industrias y hogares, sin desconectar los corredores naturales que sostienen la vida del continente.

Por Santiago Aparicio, Director Sénior AFI